Sombras

Entonces ella entró en la habitación y cerró la puerta con fuerza reflejando su enojo. Yo permanecí en las sombras sin mover un dedo y la observé detenidamente. Claro, ella no era una chica normal, pues en vez de tenderse sobre la cama a llorar, le dió otro uso a esta.

Sin dudarlo se quitó rápidamente el pantalón, abrió las piernas y jugueteó con su mano por encima de su pantaleta. El miedo a que me descubriera se me había ido por completo. Ya todo lo llenaba el deseo de alguien que acosa desde la oscuridad.

Su respiración apenas era perceptible pero distinguía como se agitada a cada minuto, después de unos momentos ya no era solo su mano la que le acariciaba la piel, eran también mis ojos colmados de una lujuria casi perversa. Ella no se estaba masturbando, estaba sacando todos sus demonios hasta que pronto comenzó a retorcerse,  curvar su espalda y a exhalar espasmos en su respiración. Sin duda se estaba viniendo pero para nada terminando. En un segundo se despojó de la poca ropa que le quedaba y la arrojó al armario donde yo me escondía, donde pude —aún más— percibir su olor.

Su mano seguía en su vientre y ahora eran sus dedos los que se humedecían y no mi entrepierna. Jadeando en silencio estaba volviéndome completamente, me apretaba la erección y pensaba en mil escenarios distintos en los que por lo general: salía del armario y terminábamos por hacerlo. ¡Pero vamos!, las posibilidades de que eso pase en la vida real rolaban muy por debajo de mis expectativas.

Así que sin más, afirmé en mi mente que esa noche mi rol sería el de un completo mirón. Ella se tocaba de una manera espectacular, nada ni remotamente parecido a los videos porno a los que nos acostumbramos los hombres. Aquello era un acto salvaje lleno de contorcionismo, jadeos y de un orgasmo tras otro. Era como si toda la habitación se hubiese convertido en el centro del universo y para mí ella era el Sol, las estrellas, mi hoyo negro colmado de una fuerza que me atraía sin medida.

Era evidente cada vez que se venía: estiraba las piernas, las cerraba y atrapaba sus manos dentro de ellas, abría la boca como si se estuviese ahogando, dejaba de respirar y comenzaba una vibración en su cuerpo cual convulsión menor, pero justo después de eso continuaba, no paraba, no descansaba.  Al parecer un orgasmo le llevaba al otro. Yo había perdido ya la cuenta de cuantos llevaba o en que momento saqué mi pene y había comenzado a masturbarme.

Se giró boca abajo y continuó sus movimientos, levantaba la cadera mostrando sus nalgas y justo frente a mí podía ver sus dedos y como apretaba los ojos fuertemente mientras mordía la almohada hasta que no pudo ahogar más sus sentimientos y sus gritos fueron convertidos en gemidos. La habitación estaba ardiendo gracias al calor de nuestros cuerpos. No pude más, a pesar de que me tocaba lento para evitar hacer ruido, el olor, la vista y mi imaginación hicieron el resto. Me vine y solté un chorro de semen, justo en ese momento mi cuerpo se relajó tanto que el miedo volvió a apoderarse de mí, pero ya no había nada que temer. Ella yacía profundamente dormida y yo, profundamente complacido huí seguro de volver.

 

Eirán

Camino a convertirme en el hombre que quiero ser. Asertivo, apasionado y perseverante. En busca del equilibrio entre razón y emoción. Astronauta y emprendedor.

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