Sirena

Había una vez una isla que habitaba una sirena cuyos poderes —decían— podían volver realidad los sueños de cualquier hombre. Muchos se embarcaron hacía su encuentro sedientos de deseo pero uno tras otro regresaron con las manos vacías maldiciendo los engaños de aquella sirena.

Contaban que una vez habiéndola encontrado y formulado su deseo ella les solicitaba algo a cambio, pero resultaba —para ellos— ser mucho más costoso que el mismo deseo, decían que la sirena pedía demasiado y eran irracionales los sacrificios o tributos a pago. Así que  la reputación de la sirena que concedía deseos se fue deteriorando y de boca en boca sus historias se fueron convirtiendo en rumores, hasta que finalmente su leyenda fue reducida a un cuento vulgar que solo los niños podrían creer.

Precisamente un niño fue quien quedó cautivado con esta historia contada por su abuelo y al paso de los años; una vez convertido en hombre se embarcó a su encuentro a pesar de que muchos le advirtieron sobre la ficción de la leyenda,  otros advirtieron que dicha sirena solo engañaba a los hombres y les quitaba la ilusión de sus sueños.

Pero el hombre/niño que sobre todas las cosas creía en su sueño, viajó desde que la Luna estaba en lo más alto hasta que se ocultó detrás de las estrellas. Durante aquél solitario él recordó las palabras de su abuelo:

— La ví y era tan hermosa que por un instante olvidabas tus verdaderas intenciones y deseabas tenerla a ella y renunciar a tus sueños. Después de recobrar la cordura, le pedí aquello por lo que me habría embarcado: dinero. Aquellos eran difíciles tiempos y hubiera hecho casi cualquier cosa por alimentar a mi familia y procurarles un futuro próspero, pero lo que me dijo la sirena me dejo congelado. — dijo el abuelo.

— Quieres tener riquezas; Para obtenerlo debes renunciar a todo cuanto posees, llegando de vuelta debes regalar tus barcos, tus tierras, toda posesión material y comenzar de nuevo. — advirtió la sirena.

— En aquel momento di crédito a los rumores sobre sus engaños, ¿cómo es que me pedía hacer todo lo contrario?, entenderás mi querido nieto que no pude soportarlo, cuando tienes una familia que mantener resulta más sencillo renunciar al propio sueño que seguir el consejo de un ser escamado. Así que renuncié a mi sueño y volví como uno más decepcionado. — continuó el abuelo — Pasaron muchos años para comprender que aquello que pedía la sirena no era más que un sacrificio, pues se tiene que estar dispuesto a pagar el precio que es justo y necesario. Muy difícil de aceptar por cualquier hombre aún en estos tiempos, porque te no importa cuales sean tus condiciones, enfrentar los propios miedos siempre será una de las cosas más difíciles creo. — decían los recuerdos de su abuelo.

El barco surcó la arena y él —hombre— puso pie en aquella isla que no había sido visitada en más de 40 años. Recorrió sus caminos e hizo los rituales aprendidos hasta hallar a la sirena. Ciertamente más hermosa que ninguna otra doncella que hubiera conocido, asumió que el tiempo debía ser diferente para una sirena pues su rostro reflejaba los rasgos de juventud plena.

— ¡Vete!, dijo malhumorada la sirena.

— Lo lamento, no he querido turbar tu paz sirena. Sólo he venido…, dijo el hombre hasta ser interrumpido.

— Sé a lo que has venido, tú y todos los hombres que te han precedido a pedir lo mismo y a partir todos igual de tontos decepcionados, habló la sirena.

— Lo sé, pero yo he creído en ti desde que era niño, mi abuelo me ha explicado que es cuestión de vencer nuestros miedos y al menos creí que valdría la pena intentarlo, dijo el hombre apenado.

— Intenta cuanto quieras, se sentó la sirena a las orillas de la playa.

— Si me permites te acompañaré, dijo el hombre —quien era paciente— y tomó asiento al lado de la sirena.

Sin insistir más, permanecieron platicando por varias noches mientras la sirena aprovechó —sin decirlo— aquella rara compañía.

— Tantos hombres han deseado toda una vida y vienen a pedir sin advertir que son ellos mismos quienes pueden conceder y hacer realidad sus deseos. Pero al verse atrapados por el miedo deciden renunciar a sus sueños y maldicen a mí o a los Dioses cuando sus caprichos no son complacidos, yo estoy cansada de ello y es por eso que he renunciado.

— ¿Renunciado?, preguntó el hombre.

— ¡Renunciado!, ¿te das cuenta lo grave que es?, ¿te das cuenta de la gravedad que implica el que alguien renuncie a un sueño?, yo sólo explico a los hombres el camino correcto para lograr sus deseos pero no ven más allá de sus narices. No ven más allá de ese orgullo de hombre hasta insisten en ponerle precio y cuando se los revelo rápido entran en pánico y pronto se embarcan de vuelta.

— Renunciar es un precio aún mayor, susurró el hombre.

— Lo es. Yo creí que tarde o temprano llegaría alguien que pudiera comprenderlo y al pagar el precio regresaría a su hogar feliz a contarlo, así muchos otros se emocionarían y esta isla no significaría otra cosa que esperanza, dijo triste la sirena y continuó. — Ninguno lo logró y he terminado de creer en la humanidad.

— Lo comprendo bien, dijo el hombre. — Yo mismo he intentado darme lo que quiero y lo he buscado ¡vaya que lo he buscado! una y otra vez, como tú sirena, me he decepcionado de la humanidad muchas veces. También me han llamado tonto y obstinado, me han traicionado y me han pedido sin estar dispuestos a pagar el precio que vale este mi sueño. Me han mirado con rencor, me han llamado loco, me han mirado con desdeño pero nada me ha hecho renunciar, bueno, tal es la prueba que lo he intentado que por fin llegué a ti. Quién creí sería mi última esperanza. Concluyó el hombre.

— Tengo curiosidad por saber cuál es tu sueño, reconoció la sirena.

— ¿Quieres saberlo?, preguntó el joven.

— Sí, pero sólo por curiosidad no quiero darte esperanzas, porque yo misma no las guardo. Advirtió la sirena.

— Encontrar a una mujer que corresponda mi amor, dijo suavecito el hombre.

Hubo silencio.

— Tengo curiosidad por saber cuál sería el precio, se atrevió a decir.

— ¿Estás seguro de que quieres saberlo?, preguntó en tono retórico la sirena.

— Sí, sólo por curiosidad no guardo esperanzas de que puedas concederlo, contestó en tono irónico.

El comentario molestó un poco la sirena, pero aquella plática que se había prolongado por dos semanas ya había generado suficiente confianza y empatía en ambos como para atreverse a incursionar en el peligroso juego llamado “curiosidad”.

— El precio es muy alto, susurro la sirena bajando la mirada. — Implicaría entregarme tu vida. Pero sé que nadie lo haría jamás, nadie se entregaría a la ironía de perder la vida por amar. Dijo la sirena dirigiéndose al hombre como quién se dirige a un amigo con el que se ha sufrido del mismo dolor llamado decepción.

 — Lo haría sin dudarlo, respondió.

La sirena abrió grandes sus ojos pues él no había tardado un instante en responder y ello provoco en ella aún mayor curiosidad. — Terreno peligroso, pues la curiosidad es el ingrediente principal del amor —.

— ¿Por qué?, ¿por qué tú?, ¿por qué ningún otro hombre que ha venido pidiendo lo mismo se ha atrevido?, preguntaba sin cesar la sirena en tono de reclamo.

— Porque ya lo he dado todo. Han herido tanto mi corazón que en cierta forma ya he muerto muchas veces, quizás quienes no lo han intentado todo —o tienen miedo de intentarlo— les parece una petición absurda, pero para mí que he amado hasta la locura y sufrido hasta la decepción conozco muy bien el valor que tiene el amor y creo que morir en verdad es lo único que me resta por hacer.

La sirena sonrió e impulsada por una emoción profunda de más de 40 años se apartó, curiosa, le extendió la mano invitándolo adentrarse en el mar.

— Ven, si realmente estás dispuesto a darme tu vida a cambio de tu sueño.

Recordando las palabras de su abuelo y con una tranquilidad que sólo tienen aquellos ancianos que ya han vivido una larga vida, él nado hasta la sirena y estrechó su mano,  ni siquiera hizo un esfuerzo por contener la respiración y se dejó llevar a lo profundo —sonriendo—.

— Me has entregado tu vida libremente y yo correspondo tu entrega con amor y compromiso, te doy mi vida a cambio esposo mío, dijo la sirena un segundo antes de besar al hombre con el que se unió.

— FIN —

Me gusta creer que la sirena se convirtió en mujer o que el hombre se convirtió en tritón, pero en realidad sólo sé que quienes se atreven a perder todo son capaces de ganarse a sí mismos y de ser correspondidos por la vida y por el amor.

Eirán

Camino a convertirme en el hombre que quiero ser. Asertivo, apasionado y perseverante. En busca del equilibrio entre razón y emoción. Astronauta y emprendedor.

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