Preparatoria 2da parte

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Nos saludamos en la fiesta de fin de año de la empresa, en realidad eran varias empresas pertenecientes a un grupo de empresarios pedorros. Al principio, nos acercaron colegas mutuos y no nos reconocimos (es sorprendente como la gente cambia  con los años), nos saludamos de entre un grupo de siete personas, las manos se cruzaron y algunas mejillas se besaron, yo besé la suya pero no me dí cuenta de que era ella hasta que dijeron su nombre.

—Te presento a Roxanne.

¡No putas vergas pinches mames!, el dolor de huevos me regresó de inmediato como un pellizco. Los dos abrimos los ojos grandes grandes y pusimos cara de “no, no puedes ser tú”. Pero sí, eramos nosotros.

Queríamos saber el uno del otro, así que discretamente nos fuimos apartando de nuestros respectivos grupos intentando no hacer tan evidente que nos conocíamos de antes. Tardamos poco más de media hora para estar solos y apartados, bebiendo champagne y platicando tendido, poniéndonos al tanto.

¿Qué estudiaste? ¿Estás casado? ¿Tienes hijos? bla, bla, bla, las clásicas preguntas tediosas  pero necesarias cuando ha pasado mucho tiempo sin ver a alguien. ¿Cuándo cogemos? era la pregunta que en realidad me interesaba formular. Sobra decir que esa chica de piel pálida y pelirroja ahora era una mujer digna de las fantasías de todo hombre. Llevaba un vestido azul metálico, no traía escote al frente pero cuando se giró a señalar algo pude contemplar su glorioso escote en su espalda que me dejó boquiabierto como pendejo enlelado.

Fue entonces —cuando vio mi mirada de perro—, que me sonrió. Esas miradas que tienen las mujeres que dicen algo como: —Ah, con que esas nos tenemos. Aunque pudo haber sido también de: —Ya caíste pendejo.

Y sí, la verdad es que había caído desde hace mucho tiempo atrás. Mi dolor de huevos lo constataba. No hubo mayor prólogo, tardamos un par de segundos para cambiar hábilmente la conversación hacía el tema sexual. Creo que 10 copas de champagne y 12 carcajadas en lenguaje secreto son algo así como:

—Torre de control a pareja caliente: permiso concedido, puede copular en la pista número tres.

Para entonces mi pene ya era verga y no pito. Y yo ya era hombre y no teto, había ganado experiencia con los años y sacado provecho de mi atractivo aire de misterio, habría sido por fin el hombre que quería ser y ella —la mujer de mis sueños— estaba frente a mí.

Miré hacía abajo con cara de extrañeza y fruncí el ceño. Ella imitó mi movimiento con curiosidad y aproveché ese instante de distracción para besarla.

No fue mi primer beso, pero como si lo fuera. Porque esta vez y por primera vez en mi vida no fue un beso circunstancial, es algo que había anhelado hacer desde que me empezaron a doler los huevos. Hay primeros besos que no pueden esperar a la ternura, besos que toman por improvisto cualquier buen comportamiento o buenos modales. Besos que simplemente te asaltan a mano armada, —¡Arriba las manos, abra la boca y flojita y coperando! No era momento ni tiempo de formalidades, ni siquiera de una caricia en la mejilla, o sea, la traía atrasada 11 años.

Así que la tome de la cintura con fuerza y la atraje a mi cuerpo, la restregué a mi verga parada y la abracé con ambas manos bien firme, sin posibilidad de escape. Ella cedió a todo, no puso ni un sólo obstáculo, ni siquiera cuando la agarré descaradamente de las nalgas y me dije —Ya chingué.

Ella no era una conquista, ni me la había ligado con un buen verbo, ni mucho menos creo que haya caído rendida a mi galantería, no. Ella y yo teníamos asuntos pendientes, era mero trámite carnal. Y eso me gustó, no el hecho de que fuera sexo o un faje o un reencuentro, era algo que ambos deseábamos, se nos notaba. Importaba un puto carajo que si había estudiado marketing o que trabajara en tal empresa, que si salía con alguien o no, no nos importaba nada en absoluto de lo que habíamos estado conversado, nosotros nos quedamos en pausa desde aquella habitación y ahora, justo ahora siendo adultos lo estábamos reanudando.

¡Cuán radicalmente distinto es el sexo de adolescentes y el de adultos! Para cuando llegamos a la habitación rentada (del mismo hotel dónde se llevaba a cabo la reunión), nuestras manos no pidieron permisos, ni titubearon sobre la piel del otro. La experiencia se notaba en la manera en la que ella colaba su mano en mi pantalón y me acariciaba la verga, en la que yo introducía mi lengua en su boca y me llenaba de su sabor, en cómo respiraba en mi barbilla y la mordía y en cómo lamía su cuello. Éramos dos serpientes envolviéndose.

Extrañamente después de 20 minutos seguíamos vestidos, en otras circunstancias otro se la hubiera cogido a los primeros 5 minutos de entrar en la habitación, pero nosotros disfrutábamos con frenesí un faje como los que ya no se dan los adultos, burdo, tosco, morboso. No nos aburrimos, sino al contrario, el retraso en la penetración hacía que la deseara con más desesperación y ello resultaba en un circulo vicioso de excitación.

Frotaba su vientre por encima de la tela para sentir su textura, luego por debajo para sentir su humedad, metía y sacaba la mano de su vestido. Ella por fin desarmo mis pantalones y liberó la presión de mi verga colocándola de inmediato en su boca. De esas veces que quieres ver pero tus ojos se cierran ante el desfile de sensaciones.

Ya era tarde, el calor de su boca era algo que mi auto-control no podía resistir, necesitaba tenerla, necesitaba con desesperación hacerla mía, así que sin ningún remordimiento retiré mi verga de su boca y con necesidad animal subí su vestido y abrí sus piernas, contemplé su hermoso sexo antes de abrirme paso con mis dedos y acercar mi boca para lamerlo sin cesar. Ella escurría en seña de urgencia y yo —claro— atendí el llamado de nuestra naturaleza. Di un par de lamidas más por su clítoris. Para ser honestos amo darle sexo oral a una mujer pero en esta ocasión no quería dedicarme a complacerla, mi cuerpo me pedía dejar de lado todo aquello a lo que estuviera “acostumbrado” y seguir mi instinto.

Aún con sus fluidos en la boca me acerqué a ella y la besé mientras coloqué la punta de mi verga en su vulva e introduje poco a poco. Claro, la supuesta ternura no era más que una astuta treta, una aparente tregua de paz, amor y sexo. La besaba tiernamente con mi pene introduciéndose lentamente. Mis manos se colocaron a un costado apoyadas en la cama, ¿para qué? Para darle un fuerte empujón con mis caderas al frente golpeando sus piernas, una y otra vez comencé un movimiento brusco de penetración, durísimo, como nunca le había dado a nadie, me la estaba cogiendo como a ninguna, como si la odiase, como si —de hecho— me estuviera liberándome del dolor sentido en mis huevos a causa de la frustración del pasado.

Mi celular sonó.

¡Chingada madre!, me estaba pasando lo mismo que hace tantos años y¡hasta el puto tono de mi celular era un “toc, toc, toc”! La ironía de la vida no iba a ser más fuerte que yo, esta vez ya no era un niño bobo en una casa ajena. Tomé el celular y lo arrojé contra la pared. Desde luego que eso la saco de pedo, pero esbozó una sonrisa de complacencia al notar mi reacción, ¿qué podría ser más halagador que un hombre que te toma como prioridad absoluta?.

Yo estaba dentro de ella cogiéndola como bestia, pero era yo quien la sentía dentro de mí; la sentía en mis pensamientos, en mis deseos reprimidos, en todas las veces que fantaseé con su recuerdo, en todas las mujeres que imaginé eran esa niña guapa que conocí, en la entrega. La sentía dentro y me sentía suyo.

Le sujeté los muslos con ambas manos, abriendo más y más sus piernas mientras la penetraba galopante. Era una visión de Dioses: podía sentir a detalle su cálido interior, los pliegues de su vagina, podía ver sus tetas saltando en mis embestidas, su cuello estirado hacía atrás, su cabello rojizo alborotado por la almohada, su piel firme, su vientre plano, su goce, su todo.

Pasamos varios minutos en un movimiento intenso. Yo estaba disfrutando como loco, perdido en su cuerpo y en el ruido de mi cerebro. Después, se separo de mí y con un movimiento —que para mí fue el más sexy de la Tierra— se giró boca abajo (de perrito) y así me ofreció oscilante sus nalgas. No lo pensé dos veces, me puse detrás, coloqué mi verga en la entrada de su vulva y la penetré; primero lento, luego de golpe. La posición se sentía completamente diferente, de verdad que me sentí como un perro en celo moviéndome dentro y fuera incesante, jadeando y sudando como nunca en mi vida. Nalgueándola como si fuera mi puta.

Olíamos a sexo, de ese olor que se impregna en la ropa cuando se está cogiendo por horas en una habitación cerrada. Nos movimos como amantes de años, yo lo hice todo lo que había aprendido y ella sin duda hizo lo mismo. Mientras estaba detrás montado, cabalgando, ella giraba la cabeza y me miraba directa, decidida, agradecida, gritando —¡Ahhh, Así, así, cógeme, cógeme! Palabras mágicas para un hombre.

La sensación era excitántemente desconcertante, porque estaba cogiéndome a alguien prácticamente desconocido, pero que había estado tan presente en todas mis relaciones sexuales incluso sin saberlo, era cogerme a mi ideal, a la mujer de mis sueños ¿entiendes?. Uno no puede estar en dos sitios a la vez, no podía estar ahí mismo con ella y en mis fantasías también con ella, desconcertante, como suele ser el deseo intenso por alguien.

Cogimos como si no hubiera mañana.

Al día siguiente desaparecimos sin más, ya no tenía celular dónde anotar su número. Prometimos estar en contacto pidiéndole el número a nuestros conocidos. Que es estúpido, porque es como si le estuviéramos pidiendo las ganas a los demás, involucrando a otros en algo que era sólo nuestro, revelando nuestro secreto y finalmente —como era de esperarse— alejándonos en silencio.

 

Eirán

Camino a convertirme en el hombre que quiero ser. Asertivo, apasionado y perseverante. En busca del equilibrio entre razón y emoción. Astronauta y emprendedor.

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