Preparatoria

Nunca la conocí del todo. Habría escuchado pronunciar su nombre —nada común—, sonaba algo así como “Roxanne”  o eso entendía cuando la llamaban sus amigos. A pesar de tener al rededor de 18 años, su cuerpo era lo que en ese entonces hubiese llamado perfecto. Buenísima la tía, simpática, risueña y pelirroja para acabar de rematar. Y yo, un teto hecho y derecho.

No miento cuando digo que era un teto, hasta usaba el cabello para atrás atiborrado de gel y no usaba camisa a cuadros de puro milagro, pero sí me la pasaba todo el santo día metido en el taller de computación con el resto de mis amigos. Lo cuál no era tan malo porque a pesar de todo, sé que si bien no soy guapo, sí soy atractivo. Y como dicen, en tierra de ciegos el tuerto es rey.

Yo la deseaba desde lejos como no había deseado nunca a una mujer. Crucé un par de palabras con ella en los pasillos de la preparatoria, siempre intentando no parecer estúpido, pero resulta que es precisamente lo que uno termina pareciendo cuando intenta ser algo que no es. Para mí ella era una Diosa.

Llegó el fin de año y con él, las fiestas en casa de fulano, sutano y perengano. Nunca fui de la clase fiestero, pero no sé por qué me convencieron en aquella ocasión de ir a una.  Desde luego, cuando la vi en la fiesta se me paró el corazón y yo aún era muy tonto como para que se me parara otra cosa. Intenté disimular, pero como dije antes, tampoco me salía muy bien. Me la pasé probablemente media fiesta contemplando sus ojos verdes . Sí, ¡tenía ojos verdes chingao!.

Yo bebía un jugo de naranja muy amargo (ni sabía lo que era), pero lo bebía vaso tras vaso, idiotizado por mis fantasías con ella. Y mis fantasías en aquel entonces se limitaban a darle un beso y de piquito y ese era todo mi idilio, nunca me imaginé nada más. ¡Tetazo que era!

Cuando vuelves a ver un video que  es viejo, te encuentras con algunas escenas con errores, cortadas o sucias por el maltrato del tiempo a los materiales magnéticos del cassette. Igualito me sucedió en la memoria ese día, porque hubo un corte abrupto entre mi asecho lejano a Roxanne al momento en el que estuve sentado junto a ella ahogándonos en risa.

Ya te imaginarás la escena: los dos riéndonos como grandes amigos en las escaleras y mirándonos a los ojos en ese momento preciso en el que el aire de una carcajada se termina. La bese.

No fue mi primer beso, pero como si lo fuera; porque hasta se me paró el pito.

Me causa gracia la palabra “pito”, me suena infantil. Me gusta más pene o verga —pero bueno—, en ese entonces era teto y le decía pito (o quizás estaba dejando de serlo).

Estaba besándola ante mis propios y atónitos pensamientos, porque incluso hasta cuando beso estoy pensando en pendejada y media. Me decía a mí mismo cosas como:

—¡La estás besando, la estás besando! ¿Te das cuenta?, la chica más guapa de toda la escuela te está besando a ti que eres un teto.

Si bueno, mi inconsciente no era muy amable conmigo.

En aquel instante me sentía invencible, esa sensación que un hombre sólo puede sentir gracias a una mujer. Me pavoneaba por la fiesta como el pinche rey del lugar, bueno, en realidad no me pavoneaba, sólo iba por otro trago de jugo de naranja amargo y mareador, pero por dentro estaba diciéndome:

—¡No mames, no mames!

Tomamos algunos tragos más, platicamos no sé de qué, por no sé cuánto tiempo, hasta que me tomó de la mano y subimos las escaleras. Ingenuamente creí que buscábamos un baño o algo así, no me cayó el veinte hasta que ella cerró la puerta y puso el seguro a la habitación. El “no mames, no mames” se volvió a repetir en mi mente con un tono completamente distinto.

Otro hombre en mis circunstancias se la estaría cogiendo riquísimo entrados los primeros 5 minutos dentro de la habitación, pero yo tenía 17 años y deja de lado la poca o mucha experiencia sexual que tuviese; yo era un teto y ella era la mujer de mis sueños, ¿me doy a entender?

Pasamos muchos minutos en un faje delicioso de adolescentes (los mejores fajes fueron a esa edad). Y bueno, era faje porque estaba aterrorizado porque pasara algo más. O sea, tenía más miedo que ganas. Eso sí —el muy cabrón— con el pito bien parado. Yo creo que ella comenzó a desesperarse o de plano ya estaba muy caliente porque solita y sin mi ayuda comenzó a quitarse la ropa.

Me encontraba recostado en la cama y ella sentada sobre mi regazo con una evidentísima erección, se quito el abrigo, la blusa y el sostén y colocó mis manos sobre sus senos. Los amasé como un pinche loco, acaricié las suaves curvas de sus pálidas caderas de adolescente y me le aventé a los besos por todo el cuerpo que olía a juventud y vida; a sexo fresco.

El resto de la ropa voló por la habitación con movimientos torpes, como lo hacen los jóvenes. Algo mecánicos, en una imitación tímida del porno, en un segmento de exploración, como pidiéndole permiso al otro de tocar su cuerpo. Tedioso, pero cierto, así era y así fue.

Nuestros besos eran cortos e intensos y comenzaba a perderle el miedo a tocarle los senos a poner mis manos sobre sus nalgas, a disfrutarla como se debe degustar a una mujer. Sabes que eres un hombre cuando por fin dejas de pensar tanto lo que haces y lo haces porque quieres, porque así lo sientes y eso precisamente es lo que hacía mi pito dentro de ella. Cogiéndola con fuerza, con esa intensidad loca y frenética, ansiosos de sexo.

A pesar que la música de la fiesta retumbaba por toda la casa, nosotros no hacíamos demasiado ruido. Ella jadeaba hacía adentro, como callando un posible rugido de celo, se notaba el forzado esfuerzo por no gritar desesperada mientras sentía su orgasmo, cuando sus piernas le temblaron y me encajo las putas uñas en la espalda. Es muy gratificante para un hombre sentir el orgasmo de una mujer en su pene, es como un vuelco de músculos apretando fuerte y deliciosamente a todo lo largo.

En ese momento pensé: —Ahora voy yo.

Pero no; mi mala suerte —como era de esperarse— tocó literálmente a la puerta: “Toc, toc, toc”.

¡Puta madre!, nos vestimos rapidísimo y ni bien estuvimos apenas presentables salimos corriendo de la habitación “ajena” cubiertos de vergüenza  rojos cual jitomates. Apenas bajó las escaleras la abordaron sus amigas, que ni cuenta se habían dado —pendejas— y se la llevaron para contarle no sé que cosa. Ella, en el plan de escapar rápidamente de la escena con la mamá (quien sabe de quién) siguió el juego y terminó por alejarse de mí.

Mi soledad y yo:

—Hola mucho gusto, ¿cómo estás?

—Jodido.

—¿Por qué?, ¿qué pasa?

—No me vine.

Tenía un dolor de huevos impresionante, de esos que te dan por andar de caliente y a punto de explotar pero nada, nada de nada. Estaba con el libido subido hasta la punta de los cabellos y una frustración sólo comparable con los resultados de una elección presidencial. Claro, en esos tiempos yo no entendía de esas cosas. Para mi era sólo el hecho de estarme cogiendo a la mujer más buena de toda la prepa y quedarme a la puta mitad en una fiesta de fin de curso. ¿Me doy a entender?, o sea ¿cuándo putas la iba a volver a ver?, o bueno, siendo honestos la pregunta en concreto sería: ¿cuándo me la voy a volver a coger?

 La respuesta llegó 11 años después.

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Eirán

Camino a convertirme en el hombre que quiero ser. Asertivo, apasionado y perseverante. En busca del equilibrio entre razón y emoción. Astronauta y emprendedor.

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