¿Será tu estatura? Justo a la altura de estos lazos que tengo sujetos en los hombros, que una vez que amarran no te sueltan de entre sus nudos.

¿Serán tus ojos? Esos dos hoyos negros, esos portales tuyos a las dimensiones más profundas de la consciencia, esas dos monedas brillantes que ningún barquero se atrevería a tomar; esos ojazos decorosos negros de cafés de mieles multicolores de un erótico mirar.

Serán entonces tus pestañas. Esas ráfagas que coquetas bien pueden arrasar a un pueblo de un pestañear convertido en huracán. Esas que se mojan discretas y se vuelven brochas que pintan colores transparentes en tus mejillas, que con sólo verte pueden conmigo acabar. Esas que cuando se cierran lo dejan mudo a uno como esperando que el telón se abra ante la impaciente expectativa y cuando se cierran ante la ahogada tragedia, la maravillosa seña de que algo está punto de pasar.

Será pues —seguro— tu cabellera, esa melena abundante como jungla de la cuál asoman mis dedos, escondite de tus senos, los hilos que me caen en la cara cuando me amas sin parar, larga y tupida, suave y cambiante cual humor. Esa maga que llega con cabello quebrado de tintes felinos y parte lacia y correcta según la ocasión.

¿Qué me dices de tus pecas? Tus puntos suspensivos antes y después de tus suspiros, tus silencios convertidos en comas, tu punto y seguido; de besos, tus signos de todo tipo, menos de interrogación. Esos traviesos pícaros que cambian de posición apenas parpadeo y arruinan mi concentración.

Tus senos. Pfff, esos que si los pienso sienten cosquillas mis manos, aquellos que son dueños de los ojos de medio México, esos monumentos que firmes y enteros son causa de mis deseos,  justificantes de la primavera, injusticia de la hambruna que sufre este mundo mío.

Tus piernas, deben ser tus piernas de cómplices vestidos, cadenciosas compañeras cuando vas subida en bicicleta, de piel tersa, de larga presencia, de lento caminar y pendular movimiento. De doble vida, de doble moral; porque si las llamo locas es poco; pues se encienden como antorchas apenas llega la noche, apenas te enteras de pretextos, apenas y escuchas el ritmo de una tumba y la voz de unos labios gruesos que las hipnotizan cual obedientes mensajeras de la latina en ritmo y melodía, del sabor, del bamboleo, de la perdición con el amor hecho música en constelar nutación. Esas puertas.

No, no me olvido de tus caderas. No tendría sentido mi investigación si no coloco ahora mismo sobre ellas mis instrumentos de medición y recorro tu postura desde las nalgas hasta el principio del vientre de su dueña. Tu tic tac al coger y al caminar, tu marca personal de movimiento con o sin tacón, la forma de pintar el mundo a su paso en la sonrisa de algunos, en la perdición —me incluyo— de otros tantos.

¿Tu espalda? De la necesidad de mis manos, delicada fortaleza de tu singular enfermedad, curva del universo sin dudar, río del deseo, caudal de la saliva que se me escurre por la boca abierta ante semejante belleza de postal. Masaje en ella como eterno servil a las caricias que me he destinado, de la que me he apropiado y dueño soy —sin haberte avisado—.

¿Qué más podría ser? ¿Qué más? ¿El aroma de tu perfume, el respingado de tu nariz, el caudal de tu boca, tus manos, tus labios, tu sexo, tu talento? Me podría desvelar cada noche de mi vida descubriendo y recordándote como a un sueño del que se acaba de despertar, aferrándome a sus detalles.

Pero quiero estar despierto y soñando, listo, preparado, bien vestido para la ocasión.

Tal vez sea… —sí, quizás— cuán loca estás.

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Eirán

Camino a convertirme en el hombre que quiero ser. Asertivo, apasionado y perseverante. En busca del equilibrio entre razón y emoción. Astronauta y emprendedor.

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