La razón

La razón es algo que todos tienen, pero nadie comparte. Es un duende malicioso que coexiste con nosotros cuando estamos despiertos, duerme — afortunadamente — cuando nos vamos a dormir, aunque algunas noches se aferra a no ser abandonado a su suerte, le da vueltas a la cama y hace ruido en nuestra mente, grita como un niño chillón que reclama atención.

La razón es un semi-Dios malhumorado que se cree mejor que todos pero jamás puede demostrarlo, cuando vuela le pesan los pies y cuando corre siempre tropieza, nunca está de acuerdo ni con los humanos ni agradecido con su Dios, su egoísmo lo retrae como un perro solitario que muerde de ser molestado; pero solitario — a fin de cuentas — y hambriento — como todos — por ser acariciado.

La razón vive en cada uno; es inevitable. Es un anciano que hace lo que hace — o lo intenta — por nuestro propio bien — eso alega —, pero como el resto de las personas grandes es difícil convencerle cuando se piensa lo contrario, se aferra a sus ideas, a sus conceptos y abnegado balbucea de los tiempos que ya han pasado, de la falta de respeto, de su experiencia, de sus batallas, divaga entonces y termina por perderse entre las ramas de sus propias historias. Ñam, ñam, ñam…

La razón es única y no hay dos iguales, aunque a veces es engañosa; A veces parece que tiene gemelas o siameses, espejos en los que una a otra se ven reflejadas — como dije antes — su egoísmo las absorbe como en un lago le pasó a Narciso; se sonríen mutuamente y bailan como sombras, se cantan y se riman solas, creen que no necesitan al mundo y se enamoran, pero tanto es el tiempo que pasan mirándose que notan los detalles — porque lo importante son los detalles — tal que a la primera discrepancia terminan por ahogarse entre ellas. Dos predadores.

Algunos pobres hombres — no saben lo que hacen — luchan porque su razón sea la de otros, van por el pueblo gritando, convenciendo, comprando la razón de otros y es que cuando la razón se vende siempre será devaluada — tontos —.

Los hermosos de cuerpo, por mera casualidad de su existencia hacen que enamorados de ellos algunos pierdan la razón, pero esto no es cierto, es un auto-engaño inducido por una razón encaprichada a extremos insospechados. Pues cuando se enamora a límites enfermizos, razones son las que sobran; las buscan como desesperados: es linda, es alto, me gusta, estoy segura de que me quiere. Ellos mismos saben que no es cierto, lo saben porque la razón no es tonta; pero es necia hasta la pared de enfrente. Gracias al cielo que existe esa pared, porque no es sino hasta que se topan con ella que entran en razón; lo cuál a fin de cuentas no es más que una redundancia — estúpida — pues ahora buscan pretextos para odiarse.

No hay nada más triste que ganar la razón, porque para ganarla hay que merecerla y que tonto suena merecer tener razón; cuando en primer lugar todos la tienen; ganan — si a caso — la de otros, pero no implica más que contagiar, infectar, influir de cierta manera. Nunca original, nunca propia; la individualidad es en esencia el motivo de existir de la razón.

Lo mejor que te puede pasar en esta vida es perder la razón. ¡Qué maravilla!, ¡qué liberación!, ¿dónde se habrá perdido? — qué se yo — no te preocupes. Dios quiso que la razón tuviera un pésimo sentido de la orientación, se pierde al dar la vuelta en la esquina equivocada en el libro adecuado, se pierde porque envejece y no alcanza a seguir el paso, se pierde al escuchar a Mozart, al ver un Picasso; se pierde en la abstracción y si se pierde ¡que nunca vuelva!.

Sin razón no quedan duendes maliciosos que nos quiten el sueño, ni intentos fallidos de Dioses que pretendan ser lo que no son, no existen ancianos ensimismados en una mecedora; quietos, quietos, contemplando lo que pasa sin hacer nunca nada, no hay espejos, ni engaños y sin egoísmos compartimos y nos damos; por fin dormimos como niños y somos lo que somos sin pretender ser por algo, despertamos y sentimos, disfrutamos los detalles — porque los detalles son los que importan — la brisa, el canto, amarrarse los cordones de los zapatos, botar una pelota, peinarnos y despeinarnos, vestirnos y dejarnos desvestir, cenar y ser cena sin preocuparse por si nos harán daño — buen provecho tengan los afortunados —.

Sin razón las maravillas de la vida se viven sin causa, sin pretextos. Uno se fascina fácilmente cuando sale el Sol, cuando encuentra una sonrisa, un abrazo, un poema, un otro alguien sin razón.

Loco, divertido e irónico ¿no te parece?, — vamos, acéptalo — sabes que no tengo la razón.

Eirán

Camino a convertirme en el hombre que quiero ser. Asertivo, apasionado y perseverante. En busca del equilibrio entre razón y emoción. Astronauta y emprendedor.

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